Loíza Boulevar en Downtown Condado

Si tengo que identificar un punto de partida diría que todo comenzó con el incauto fragor de la pasada campaña electoral. No hacía tanto que había regresado a “la isla” con una maleta llena de ropa económica y de calidad, mucho más fresca y adecuada para el día a día en pleno trópico que lo que suelen vestir los maniquíes en las vitrinas de los centros comerciales y los cuerpos de automovilistas que, a duras penas, caminan por las calles del país. Soñaba con la última tendencia en el reciclaje de espacios y estructuras que en otras ciudades salvan a toda costa porque no se pueden dar el lujo, como hacen por estos lares, de borrarlos del paisaje, el acervo cultural y la memoria colectiva. Lamentaba no poder participar del diseño de secciones de calles concebidas para el paso y el regodeo que no el padecimiento y la inmovilidad. Entonces, se anunciaba con bombos y platillos el cambio de “look” de la calle Loíza.

Como en la prensa se señalaba que el re-diseño de la Loíza respondía a los intereses de la comunidad, me lancé a buscar esa organización a la que sumarme con la esperanza de encontrar una oportunidad para aportar algo al barrio. Para mi sorpresa, sólo encontré una agrupación de comerciantes mermada por el desengaño. De más está decir que fue imposible corroborar que se hubiera llevado a cabo, como mínimo, algún proceso de consulta pública. Cinco meses más tarde se sabría que llegaría un cambio en la administración municipal de San Juan y casi un año después participaría en la incorporación de la Asociación de Residentes Machuchal Revive (ARMaR) para apoyar el desarrollo de Casa Taft 169 e intentar suplir la falta de esa organización comunitaria local.

Entre una cosa y otra, un grupo de vecin@s se dio a la tarea de organizar la primera Fiesta de la Calle Loíza. Fue, precisamente, en esa primera celebración que decidí incursionar en el “activismo urbanístico” que hoy ocupa la mayor parte de mi tiempo, colocando un cruza calle en el ciclone fence que rodea el llamado “adefesio” de la Loíza. Ya para la segunda edición de la Fiesta el sueño de crear un Centro Cívico autogestionado en una propiedad abandonada se había comenzado a materializar y era otro cantar. Habíamos participado de las reuniones de orientación para la actividad y –a pesar de que el Chikungunya se había apoderado dolorosamente de nuestros cuerpos y el barrio entero– trabajamos a destajo en una mesa que montamos bajo la carpa de organizaciones comunitarias.

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El pasado 4 de octubre (2015) nos tocó volver a montar mesa en la Fiesta de la Calle Loíza para celebrar su tercera edición. La jornada comenzó para mí a las cinco de la mañana porque aún había que preparar hojas informativas, reunir materiales, etc. La experiencia me ha enseñado que se trata de una extraordinaria oportunidad para acercarnos a la gente, generar ingresos y convocar a la comunidad a participar y vincularse con el trabajo que hacemos pero sobre todo con el que deseamos hacer. Es un trabajo intenso pero feliz porque cada vez somos más los que nos reconocemos como miembros de la misma comunidad. Coincidir en la calle y abrazar a algunos de los que fueron mis estudiantes en la escuela Goyco, recibir el alivio de un sobito ungüentado en mi tobillo enfermo, poder ir a un baño cercanísimo en Casa Estrella, son muestras de esos lazos afectivos y de colaboración que hemos ido forjando desde el quehacer diario, la proximidad y la familiaridad.

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El caso es que no ha sido necesaria una gran actuación urbanística de millones de dólares en diseño e infraestructura para resaltar el atractivo no sólo de la calle Loíza sino del sector Machuchal. En pocos años, iniciativas comunitarias, educativas y culturales de variado interés y alcance han puesto de manifiesto, para bien y para mal, las bondades de este pedacito de Santurce donde, de momento, parece no entrar en la ecuación aquello de proponer determinadas inversiones públicas. El meollo de la cuestión está en cómo conjugar atractivo, singularidad, comunidad, autogestión, iniciativa privada, mercado inmobiliario y mucho más, para resistir el temido quítate tú pa’ ponerme yo gentrificador que nos está arropando/desplazando a pasos agigantados. A estas alturas y dada la velocidad de algunos procesos, cada vez es más frecuente que la pregunta se cuele en las conversaciones entre vecinxs, amigxs y colaboradorxs. Más allá de debatir y asumir una postura crítica sobre lo que está pasando y sus efectos en nosotros, la comunidad y el carácter de nuestro barrio, vale la pena intentar actuar de forma unida y consistente con nuestras aspiraciones de bienestar colectivo. Digo yo, si es que queremos que la Fiesta siga siendo en plena calle y no en un “Boulevar”, en el corazón de Machuchal que no en el “Downtown Condado”.

Enlace a artículo relacionado.

 

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Derecho a las ciudades y espacio público en América Latina

Publicado originalmente en: Alma Máter No. 649. Universidad de Antioquia

Medellín, diciembre de 2015

Por: Jaime Zapata Villareal

La discusión sobre qué es espacio público, a quién pertenece y cómo se regula es un tema de agenda prioritaria en el continente. Así se pudo constatar en el coloquio “Derecho a las ciudades y espacio público en América Latina”, en el marco de la XXV Asamblea general del Consejo Latinoamericano de ciencias sociales. CLACSO, que sesionó en noviembre en Medellín.

Para Vladimir Montoya, director del Instituto de Estudios Regionales de la Universidad de Antioquia, el derecho a la ciudad “no es un derecho canónico ni constitucional ni algo que esté establecido, más bien es una constelación de derechos que ponen al ciudadano y su relación con el territorio en primer plano”.

La posibilidad de un espacio propio, como necesidad vital del ciudadano, es la raíz de un problema social antiquísimo y siempre vigente: la usurpación, el dominio arbitrario por parte del Estado y grupos terratenientes de grandes porciones de territorio.

“Los habitantes de las villa, en Buenos Aires, según el Estado Argentino, no tienen derecho a la ciudad, no se les puede urbanizar porque ellos son los culpables de la inseguridad. Eso es uno de los argumentos más deslegitimantes, de mayor peso para no oficializar estos espacios marginales y, a la larga, despojar a sus habitantes de ellos”, explica María Cristina Cravino, antropóloga argentina e investigadora sobre temas de política social y asentamientos urbanos en su país.

Contrario al caso argentino, en Puerto Rico, por ejemplo, se presenta el modelo de la Casa Taft, el cual, explica Marina Moscoso Arabía, una de sus impulsoras, “era una propiedad que había sido abandonada en la ciudad de San Juan hace más de 40 años. Lo que hicimos con unos vecinos del barrio fue apropiárnosla y convertirla en un centro cívico al servicio de los habitantes del sector.”

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Esta acto, explica Moscoso, más que un impulso de rebeldía fue “el legítimo derecho de una comunidad a desarrollar, en su espacio vital, un símbolo de cómo la propiedad es una construcción pública y plural, de quien la necesita y aprovecha; ya que lamentablemente en San Juan de Puerto Rico más que el derecho a la ciudad estamos hablando y peleando por el derecho a hacer ciudad, porque hace más de 70 años se abandonó el proyecto urbano y el gobierno se dedicó a suburbanizar”, aseguró.

En Colombia la situación del espacio y su apropiación tienen una estrecha relación con los conflictos políticos y sociales que han marcado la historia del país desde su conformación. Y esto lo evidencia Luis Berneth Peña, geógrafo urbano e investigador, quien pone de ejemplo Bogotá, ciudad donde vive, para plantear un término que engloba su perspectiva sobre espacio, paz, calidad de vida y seguridad: securonormatividad.

“Esta palabra proviene de una pregunta sobre si un espacio de seguridad es un espacio de paz; si esa consciencia de saberse dueño de un territorio opera en términos de tranquilidad para ese propietario; o si por el contrario es una carga, un motivo de conflictos y envidias con los demás”. explica Berneth Peña, para quien esta situación es el origen de muchos de los mayores problemas sobre el territorio y propiedad en Colombia.

En el caso de Medellín, Juan Fernando Zapata, investigador y miembro de la fundación Sumapaz, habla de un problema social que afecta el derecho al espacio vital de cierta población del país: el desplazamiento forzado externo e interno a causa de la guerra.

“En Medellín –expone Zapata –son más 250 mil desplazados externos y 30 mil internos que luchan por encontrar un lugar dónde vivir en las zonas marginales de la ciudad. Y en vez de recibir apoyo del gobierno local, lo que se ha visto es un despojo abrupto de más de seis mil personas de sus hogares improvisados, con malas soluciones de viviendas en solo mil casos”.

Zapata advierte que si bien este es un tema que atañe a todo el gobierno nacional y que muchas veces rebasa la posibilidad de acción de los gobiernos locales, sí cree, enfáticamente, que en el caso de Medellín “una gestión de ordenamiento territorial organizada serviría para generar equidad y mejoramiento integral de barrios como algo prioritario para la ciudad”, en lugar de gastar recursos, dice, en “proyectos urbanos paisajísticos poco funcionales; más estéticos que otra cosa y con cero gestión democrática para la construcción participativa desde lo público”.

Lo que estos ejemplos de diferentes lugares de América Latina logra, para Vladimir Montoya, es explicar que “el derecho a la ciudad es la posibilidad, la esperanza de ser diferentes y convivir en la diferencia con dignidad”. La trascendencia de esta discusión sobre derecho, espacio y propiedad pone el énfasis en otra preocupación urgente: la convivencia con el otro, cómo se adecúa y se reparte un territorio aceptando la individualidad de cada ciudadano sin perder el horizonte colectivo.

“Lo importante de estos derechos –concluye Montoya– es que son la condensación de muchos otros derechos: la idea de poder permanecer, de poder reconocer al otro como habitante de un espacio en común”.

Tres olvidos y una propuesta*

Publicado originalmente en La Calle Loíza

Después de todo, vivimos en un mundo en el que la propiedad privada y la tasa de ganancia prevalecen sobre todos los demás derechos en los que uno pueda pensar; pero hay ocasiones en las que el ideal de los derechos humanos adopta un aspecto colectivo [].

Ciudades Rebeldes, David Harvey

Olvido #1: La Casa

Cuando Juan murió, allá por el año de 1973, le sobrevivieron su esposa, tres hijas y un hijo. La familia no acababa de sobreponerse a la pérdida cuando la muerte les volvió a golpear y tuvieron que enfrentar la ausencia del único hijo varón. Probablemente, la madre se trasladó a vivir con alguna de sus hijas. Probablemente alguna o varias de esas hijas se mudaron a otras latitudes. El caso es que a la casa familiar le echaron el cerrojo con todo y que hacía poco le habían hecho arreglos para poder alquilar parte de la propiedad. Incluyendo una amplia terraza abierta a un patio con un hermoso árbol de grosellas. Pero de eso hace ya tanto tiempo que nadie se acuerda aunque la casa vacía y clausurada sigue en pie como esperando el regreso de quien nunca va a volver.

Olvido #2: La Mujer

La cita era a las 2:00 de la tarde en el condominio Sagrado Corazón en Santurce. Orlando había agotado todos los recursos disponibles para que su inquilina morosa se mudara y le dejara disponible el apartamento. Ahora, por fin, llegaba el momento de ejecutar la orden de desahucio. Subió las escaleras a toda prisa seguido por los alguaciles y se detuvo frente a la puerta dispuesto a tocar el timbre. Le extrañó la nota que le quedó casi a nivel de los ojos. Apenas tuvo que abrirla para reconocer la letra de la persona que la había escrito. La piel se le puso de gallina y se apresuró a entrar mientras la llamaba por su nombre. En el apartamento, sin embrago, no había un alma. Tampoco la había en las escaleras del condominio a pesar de que en ellas colgaba el cuerpo de la mujer de 62 años que hacía siete meses había dejado de pagar el alquiler. Ese pago que por más de cinco años le hizo llegar todos los días 3 de cada mes.

Olvido #3: El Banco

La calle Mayol en la parada 25 es una calle emblemática. Lo cierto es que no es una calle muy larga. Mucho menos ese tramo que va desde la Avenida Fernández Juncos hasta la Ponce de León en el que, sin embrago, el abandono es infinito. A mitad de calle vive Miguel. Es un hombre delgado, con Vitiligo, que siempre lleva gorra y a veces habla solo y en voz alta por ahí. Es uno de los únicos dos o tres residentes de la calle. Duerme a la intemperie en la entrada de una casa de dos plantas pintada de rosa a la que no le queda ni una sola ventana y la cubre el “spray”. La casa forma parte de una larga línea de fachadas todas faltas de ventanas y cubiertas de “spray”. Hará unos veinte y tantos años que allí mismo estuvo la Imprenta Molina. Lo sé porque era del padre de Eliud que fue mi compañero de clase en La Central. Hace unos seis años que un banco español vendió el “inmueble” a una corporación luego de tenerla otros tantos años en su inventario de propiedades “reposeídas”. El empleado del banco que tramitó los papeles de la compraventa odia su trabajo. En el fondo esperaba más de la vida. Se pasa el día encerrado en una oficina minúscula y tan fría que es como si cada día hiciera un corto viaje de ida y vuelta a alguno de los Polos de la Tierra, solo y desabrigado.

La Propuesta

Si algo nos ofrece la crisis que nos está tocando sobrevivir es la oportunidad de sacar a la ciudad de la inquietante invisibilidad que padece en nuestro imaginario colectivo. Demasiadas cosas se deben conjugar para que eso suceda. Una de las más importantes es suplir la necesidad de un Derecho Urbanístico y atender el desatino que supone nuestra política pública en torno a la urbanización de un recurso natural tan preciado como nuestro suelo. Todo y que ello resulta transversal al tema del manejo del agua (y su falta de provisión), la energía, la contaminación, la biodiversidad, los residuos sólidos, la seguridad alimentaria, la vivienda, la economía, el trabajo y la lista no termina.

En los últimos años, me he dedicado a intentar entender y atender el problema de las llamadas “propiedades abandonadas” porque en las áreas urbanizadas con mayor potencial de transformarse en verdaderas ciudades abundan que da miedo. En enero del año 2012 se aprobó una ley de largo nombre “para Viabilizar la Restauración de las Comunidades de Puerto Rico”. Arriesgándome a resumir la intención de esa ley, lo que el instrumento quería encauzar era el poder de expropiación forzosa de los municipios para poner en manos de un particular, con suficientes recursos económicos, propiedades declaradas “estorbos públicos”. Tan reciente como mayo de este año, se enmendó esa misma ley para que los municipios también pudieran donar, ceder o arrendar estas propiedades a organizaciones sin ánimo de lucro.

Ahora, con la intención de allanar el camino a iniciativas y/o proyectos que quieran recuperar y transformar espacios abandonados, se está proponiendo una nueva enmienda a la citada ley. Esta enmienda, recogida en el P. de la C. 2583 que radicó en las pasadas semanas el Representante Luis Vega Ramos, atiende dos consideraciones fundamentales. Por un lado, evitar el mecanismo de la expropiación forzosa utilizado demasiadas veces en nombre de un fin público que al final resulta esquivo. Por otro lado, atender un fenómeno frecuente en casos de propiedades abandonadas: la falta de algún propietario o un legítimo heredero. Para estos casos, se ha dispuesto que pueda ser el municipio donde está ubicado el inmueble quien lo pueda heredar para, entonces, poderlo ceder, donar o rentar a una organización sin ánimo de lucro.

Tomando en cuenta que el inventario de propiedades desatendidas no para de crecer, que el estado ruinoso de tantos centros urbanos se acentúa y que hay tanta necesidad insatisfecha de espacios de vivienda, creación, recreación, gestión, etc., se quiere provocar que un sector importante de la sociedad pueda participar de la recuperación de estos espacios. A fin de cuentas y como dice la campaña que estamos promoviendo, se trata de un problema que de alguna manera nos afecta a todxs y, por lo tanto, todxs somos herederxs.

*Todas las historias están basadas en hechos.

#todossomosherederos

P.delaC

Carta Abierta
Para endosar el Proyecto de la Cámara 2583

No existen propiedades abandonadas sino espacios que han permanecido ignorados por demasiado tiempo. A todos nos afectan, de una u otra manera, las consecuencias sociales, económicas, ambientales, de seguridad y de salud pública de esa falta de atención. Una falta de atención que ha generado un alarmante deterioro de nuestros centros urbanos a pesar de que internacionalmente se reconoce la importancia de enfocar en las ciudades buena parte de los esfuerzos por un desarrollo sustentable. Como ciudadanos conscientes de este reto y de los retos que enfrentamos como país, nos sentimos llamados a tomar acción para ofrecer alternativas.

El Proyecto de la Cámara 2583 pretende viabilizar que la sociedad civil, a través de las diversas organizaciones sin ánimo de lucro, pueda aportar soluciones a este acuciante problema. El Proyecto identifica una vía legal que permitiría a los municipios heredar las propiedades que no tengan herederos y hayan sido reconocidas como estorbos públicos, para poderlas ceder, donar o rentar a estas organizaciones. Este mecanismo es muy distinto al de una expropiación forzosa o al de una ejecución por concepto de deuda. Tiene la intención de evitar que se prive a una persona de su legítima propiedad y promover la reutilización y rehabilitación de propiedades que de otra manera podrían perpetuarse como amenazas al bienestar público. Además, pretende potenciar nuestras capacidades de autogestión -individuales y colectivas- para transformar estos espacios olvidados con proyectos e iniciativas innovadoras y creativas.

La dificultad de convivir con estos espacios desatendidos nos convierte a todos en herederos de un problema que necesita atención urgente. La ciudadanía, desde sus diversas agrupaciones, intereses y capacidades tiene el deseo de asumir su deber en la tarea de recuperar estos espacios para ponerlos al servicio de la comunidad y el proyecto de país que debemos poner en marcha si queremos superar los grandes retos del momento que nos ha tocado vivir.

https://www.facebook.com/todossomosherederos

[Si eres parte de un colectivo u organización interesada en suscribir esta Carta Abierta para provocar que esta declaración de motivos pase a Vistas Públicas escríbenos a: casataft169@gmail.com]

Las Imprescindibles

Publicado originalmente en La Calle Loíza

Hay [mujeres] que luchan un día y son [buenas]. Hay [otras] que luchan un año y son mejores. Hay [las que] luchan muchos años, y son muy [buenas]. Pero hay [las] que luchan toda la vida, [esas] son [las imprescindibles].                              Bertolt Brecht

A Michelle y Ginna

La primera vez que la vi estaba metida en el monitor de una computadora. Aquella chica menuda y delgada protagonizaba un corto en el que solicitaba, en su buen inglés, donativos para un nuevo proyecto de cine al aire libre. Recuerdo que pensé, con cierta envidia, que alguien se me había adelantado y había ocupado ese solar abandonado de la calle Loíza tan tentador y tan desperdiciado. Luego de escucharla hablar de su proyecto –  recuerdo que le di “play” al video más de una vez – no podía más que admirar su propuesta y su determinación. Apoyé aquel crowfunding como cada una de las proyecciones dominicales a las que asistí con silla de playa en mano, casi siempre sola, como para desconectarme y disfrutar de un placer muy íntimo aunque se tratara de un espacio abierto lleno de gente.

La primera vez que coincidimos cara a cara no estaba sola, la acompañaba su hermana, también menuda y delgada. Se acercaba la navidad de 2013 y nos habían citado a la oficina de Urbanismo del Municipio de San Juan para hablar de nuestros respectivos proyectos de recuperación de espacios en desuso. Ya para aquel entonces admiraba a aquellas dos mujeres que le habían dado vida a Cinema Paradiso y les confesé que habían sido un importante referente para mí a la hora de decidir “rescatar” del abandono una pequeña propiedad en la calle Taft para un Centro Cívico. Esa sería la primea de muchas conversaciones que tendría con ellas a lo largo de casi dos años de trabajo, sueños, alegrías y desilusiones.

Poco después de aquella primera reunión con la “oficialidad”, organizamos en Cinema Paradiso un Bazar Navideño para que vari@s vecin@s pudieran sacar algunos chavitos de la venta de productos que elaboran localmente. Al día siguiente, en el mismo espacio, se sirvió el primero de dos almuerzos navideños que se han regalado a la comunidad por esas fechas. Varios meses más tarde volví a Cinema Paradiso a colocar nuestra primera mesa informativa sobre Casa Taft 169, en medio de una abarrotada Feria de Libros Independientes y Alternativos organizada por otra vecina del barrio.

En un barrio que sufre un discriminatorio y cruel déficit de espacios públicos, Cinema Paradiso se convirtió rápidamente en el Ágora de Machuchal. De actividad en actividad, el espacio pasó a significar mucho más para la comunidad que un lugar rescatado para exhibir películas, documentales, cortos, etc. Hubo proyecciones y actividades tan repletas que la gente invadía no sólo la acera sino el asfalto de la calle. Recuerdo una vez que un vecino de la clase “alta” del barrio (residente del sector atravesado por la calle McLeary) me “confesó” que gracias a las actividades que ocurrían en ese espacio y la apertura de nuevos restaurantes, le había perdido el miedo a caminar la Loíza.

El tema de los restaurantes y la gentrificación de Machuchal es harina de otro costal pero valga decir que “no sólo de pan se vive”. Es evidente que la calle Loíza se está convirtiendo a zancadas en una monotemática meca donde la apertura de espacios dedicados a la gastronomía es casi inversamente proporcional al cierre de comercios que le daban otro sabor a la vida del barrio como Topeka, Tropical Music, Humberto Vidal o el 5 y 10. Un sabor que es como el sofrito de ese guiso “emprededor” que se cocina hoy en la calle Loíza. Un sabor que no alimenta el estómago pero nutre una actividad comercial (importante para algunos sectores del barrio), una economía local y las dinámicas sociales de intercambio y relaciones basadas en la proximidad, lo cotidiano y la familiaridad.

Tanto así que ya no contamos con Cinema Paradiso en la Loíza ni para la proyección audiovisual ni para el montón de otras actividades gratuitas y al aire libre que se llevaban a cabo allí. Lo que hay hoy no es uno, o dos, sino tres “food trucks” instalados en el solar abandonado que dos mujeres menudas y delgadas llenaron de vida un buen día. Nada que no se pudiera sospechar desde hace tiempo si, después de todo, no se trataba de un espacio público. Y aunque lo fuera. Sobrevivimos en un sistema para el cual el valor social y trasformador del espacio público es nulo; aún cuando excepcionalmente se ha materializado o está por materializarse. ¿No se van a prohibir las neveritas de playa en la Ventana al Mar?¿No es un parque privado lo que se quiere construir en San Mateo?

Necesitamos espacios diversos donde satisfacer nuestras necesidades y eso debería incluir esos espacios abiertos y públicos que nos convoquen a andar, a reunirnos, a relacionarnos como comunidad, a compartir, a disfrutar de cosas nuevas, a interactuar con otra gente, con nuestro entorno y el paisaje que nos rodea. Está visto que hay distintos tipos de iniciativas y que unas tienen más valor que otras. Abrir un negocio o dar con un servicio innovador para sortear la ruina económica del país puede tener mucho mérito aunque está lejos de resolver nuestra pobreza de fondo. Emprender una iniciativa para nutrir nuestros afectos, nuestros deseos de comunicar, de compartir, de educar y entretener resulta una apuesta sustanciosa pero un camino mucho más empinado…

Abriendo una puerta al rescate de casas abandonadas; iniciativa Casa Taft 169

por: Nicole Quiles

Para la revista digital [Pan] óptico (26.11.14)

Según los datos encontrados en la 4ta sesión ordinaria de la 16ta Asamblea Legislativa del Senado de Puerto Rico celebrada el 15 de octubre de 2010 y presentada por Ortíz Ortíz y García Padilla, en Puerto Rico se habían estimado 204,264 unidades de vivienda que se encontraban desocupadas entre los años 2005 y 2007.  También según la Ley Núm. 31 de 18 de enero de 2012 o Ley para Viabilizar la Restauración de las Comunidades de Puerto Rico se expone que según el Censo del 2000 en Puerto Rico existían 1,017,263 viviendas, de las cuales 244,062 presentaban problemas de hacinamiento.  Ante la gran escala en ascenso de espacios privados que presentan ser estorbos públicos, cualquier vecino se pregunta: ¿Qué puedo hacer para eliminar la amenaza que representa al bienestar de nuestra comunidad la proximidad a una de estas estructuras abandonadas? ¿Tengo el apoyo del gobierno?

Las respuestas a estas preguntas están en el olvido también.  Cada día nos enfrentamos a más espacios en desuso.  Estos espacios dan paso a plagas de cucarachas, roedores y otros animales peligrosos para la salud, en especial la salud de nuestros niños.  Además que se convierten en los llamados hospitalillos para usuarios de drogas y facilitan actividades delictivas en la comunidad.  Como responsabilidad social al gobierno le compete la seguridad de la comunidad y por consecuente, la gestión para eliminar esta problemática.

Ante la inacción del gobierno y tras enfrentar varios escenarios de peligro, los vecinos de la comunidad Machuchal en Santurce se han dado a la tarea de rescatar uno de estos espacios olvidados desde el mes de octubre del año 2012.  En la calle Taft 169 existe una casa abandonada a la suerte desde que su dueño falleció a principios de la década de los 1970.  Marina Moscoso, quien comienza la iniciativa comunitaria “Casa Taft 169” nos cuenta;

“Empecé de una manera muy natural para responder a un problema muy específico; la casa estaba totalmente abandonada y era un espacio donde iban usuarios de drogas, la gente tiraba escombros y se había convertido en un dolor de cabeza para los vecinos.  El verano pasado fue la última vez que unas personas entraron y de aquí pasaron a otras casas a robar, hubo un incidente bien desagradable y las vecinas dijimos que esa era la última vez que sucedería.”

En julio de 2013 una vecina hizo un pequeño huerto en la casa para estimular que la gente no solo pasara por esta sino que les llamara la atención el espacio.  El efecto del huerto fue tan positivo que los vecinos empezaron a donar plantas.  La gente se paraba y empezó a ser un lugar de reunión ya que esta comunidad tampoco cuenta con espacios públicos ni espacios para reunirse. Es en ese momento que los vecinos se plantean la idea de reclamar la propiedad y rescatarla.

Cuando hacen las gestiones descubren la situación particular que tiene esta propiedad;  debido a la muerte de su propietario hace más de cuarenta años, la deuda en el CRIM asciende a los 300,000 dólares.

“Cuando nosotros nos dimos cuenta de esa situación dijimos: Esta casa nadie la va a reclamar, a lo que nos estamos exponiendo es a que esté 40 años más siendo un estorbo público cuando nosotros podemos transformarla en algo de beneficio para la comunidad y nadie va a venir a reclamar ninguna titularidad sobre ella porque tendrían que asumir esa deuda y no es real porque la deuda supera por mucho el valor del mercado de la casa.  Eso nos dio fuerzas de decir o la comunidad la rescata o tenemos el problema eternamente.”

A partir de ahí los vecinos incorporan la Asociación de Residentes “Machuchal Revive”; una organización sin fines de lucro que puede ser el ente que adquiera la propiedad.  También empezaron las gestiones con el municipio; gestiones que aún se mantienen para ver cómo la comunidad adquiere la titularidad de la propiedad.

Casa Taft 169 cuenta con el apoyo de la Facultad de Derecho de la Universidad Interamericana de Puerto Rico; un proyecto para la creación del fideicomiso Casa Taft para  poder tener los fondos para la rehabilitación de la estructura y para poder empezar a operar.

“Nos gustaría que fuera un espacio donde pudiéramos ofrecerle a la comunidad servicios de distintos tipos.  Aquí hay muchos envejecientes y niños.  Sobre todo un espacio desde el cual podamos trabajar como comunidad para mejorar las condiciones del barrio; nuestro entorno urbano que también hay distintos problemas que tenemos identificados que nos gustaría atender. Empezando por el problema de propiedades abandonadas que son muchísimas y el problema de falta de un espacio público.  La comunidad no cuenta con un espacio que sirva para la recreación de niños que son cosas que afectan la calidad de vida.”

Estos vecinos, voluntarios y colaboradores se reúnen semanalmente hace año y medio para trabajar la casa todos los sábados.  Su deseo es llegar a la Asamblea Legislativa porque sería a través de una resolución conjunta que la propiedad podría pasar a manos del estado y entonces  el estado podría transferirla al municipio.  De ahí, hacerle la venta a la comunidad.

“Sobre todo nos llama la atención porque pensamos que podría ser un buen referente para otras iniciativas.  A nosotros se nos ha acercado mucha gente preguntándonos cómo lo hicimos porque en Puerto Rico hay tanta propiedad abandonada y es un dolor de cabeza para tanta gente.  El hecho de que haya un grupo, una iniciativa que haya logrado cierto éxito, es importante para otras personas que están observando lo que está pasando aquí.  Si nosotros logramos abrir esa nueva vía legal, esa nueva política pública, pensamos que puede ser una salida para que otras cosas importantes sucedan en otros espacios.”

Además del apoyo que les ofrece la Facultad de Derecho de la Universidad Interamericana, también cuentan con el apoyo del Starbucks del Gallery Plaza en Santurce que como parte de su política corporativa de Responsabilidad Social los han previsto de refrigerios, merienda y hasta de empleados para ayudar.

En Puerto Rico el tema del derecho urbanístico no es algo que se le dé mucha importancia.  Marina, urbanista de profesión opina que;

“Es un buen momento.  Hay varias personas que están pensando en el entorno urbano y están pensando en alternativas.  Nosotros queremos ir un poco más allá porque pensamos que son súper valiosas iniciativas como “Los muros hablan” y “Santurce es Ley” pero más allá de la cosa muralista, ¿Qué vamos a hacer en serio para mejorar la calidad de vida y la calidad de nuestro entorno urbano en estos espacios que de verdad que tienen que salir del deterioro en dónde están?”

Cuando visitamos la Casa Taft 169, se encontraba una brigada de voluntarios y colaboradores pintando y recogiendo el área.  Les preguntamos a algunos estudiantes del capítulo estudiantil de la American Bar Association y la Asociación Estudiantil sobre Asuntos Legislativos y Política Pública de la Facultad de Derecho de la Universidad Interamericana sobre cómo piensan que sus aportaciones están ayudando a la comunidadMachuchal;

“Les estamos dando un espacio donde pueden compartir y hacer actividades, algo que no tenían antes.  Dándole a los vecinos una paz mental que no tengan que estar bregando con individuos tan próximos a sus casas, que no vivan con miedo de ser asaltados.  Apoyamos la iniciativa para habilitar esto para la comunidad.  La Asociación Estudiantil de derechos Legislativos reconoce que estar en contacto con la comunidad es un asunto que sí le corresponde al gobierno y a nosotros como estudiantes.”

También el Prof. Gerardo Bosque, vecino y profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad Interamericana nos recalcó;

“La propiedad abandonada siempre representa un riesgo para toda la comunidad.  Yo creo que el estado tiene muchas cosas en las que ocuparse pero debe haber unos espacios para que las comunidades decidan de una manera más democrática sobre qué hacer con sus espacios.  En ese punto creo que es que se pierde.  Hay una necesidad de que las comunidades utilicen los espacios pero no se fomenta a través de la ley o del municipio.  […] En Puerto Rico hay un vacío estatutario y legislativo en torno a esta situación.  Casa Taft está rompiendo con ese esquema. Vamos a ver qué va a hacer el estado ante este grupo de vecinos que crea este espacio.”

Con ganas de que la iniciativa trascienda y que de un punto impacte a más espacios, en estos meses también comenzaron un proyecto con la escuela local Pedro G. Goyco en la calle Loiza en Santurce.  Para este proyecto cuentan con el apoyo del Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico.  En horario extendido al regular de la escuela, esta iniciativa está ofreciendo cursos sobre distintas ramas de las Bellas Artes.  El objetivo de este proyecto es transformar la escuela para que ésta sea una alternativa para las madres y padres del barrio.  La visión es que sea posible enviar a sus hijos a la escuela como una cuestión urbanística; que puedan ir a pie.

A pesar que las estructuras abandonadas no aportan en nada a la belleza ni a la calidad de vida de una comunidad, ciudad o país son espacios que tienen el potencial para transformar y sí aportar a estos.  Su estética influye en los modos de ver y comportarse de sus habitantes.  “La estética de una ciudad no sólo da cuenta de las condiciones materiales de una sociedad sino que ella también produce conductas y saberes (Liendivit)”.

El estado debe facilitar y agilizar los procesos necesarios para que esta problemática de estorbos públicos y espacios perdidos disminuya y si es posible desaparezca.  “La idea es que se le saque provecho a los espacios cultural, social y económicamente para nutrirnos como comunidad” así dijo Marinés Corujo, voluntaria en Casa Taft 169. Esperamos que esta iniciativa de convertir un espacio olvidado en uno de provecho y producción no se quede sólo en la calle Taft en Santurce sino que sirva de inspiración, ejemplo y antecedente para el rescate de muchos otros espacios perdidos por todo Puerto Rico.  Rescatando estructuras y poniéndolas a servir se pueden rescatar actividades, comunidades y gente.

Algunas Referencias:

Casa Taft 169

Ley 31

16ta Asamblea Legislativa Octubre 2010

¿Qué hacer con las propiedades privadas abandonadas?

¿Casas gratis para escritores en Puerto Rico?

La ciudad como problema estético por Zenda Liendivit; Revista Contratiempo